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domingo, 27 de enero de 2008

Lástima de incultura

Hace una semana la Comisión Cívica para la Recuperación de la Memoria Histórica plantó un almendro en flor en el espacio donde estuvo el Campo de los Almendros, en Alicante. Junto al árbol, enmarcado por los colores de la bandera española de la II República, podía leerse este texto: "En este lugar estuvo el Campo de Almendros y aquí está su memorial".

Apenas 48 horas más tarde, el árbol fue brutalmente arrancado y el cartel manchado con símbolos fascistas y la palabra asesinos, que sin duda describe perfectamente a quienes son dignos de la admiración de estos vándalos iletrados, analfabetos, incultos hasta causar pena, ni siquiera risa.

Es evidente que en cualquier país, por civilizado que sea, pueden andar sueltos unos cuantos cabestros ignorantes que insulten a las víctimas y jaleen a los verdugos; lo preocupante, y nauseabundo, es que las instituciones (que se suponen que han de dar ejemplo) miren para otro lado cuando algo así ocurre, suceda donde suceda, en Alicante o en Euskadi. Las víctimas de la intolerancia merecen siempre nuestra solidaridad, aunque no se las pueda utilizar para obtener votos.

lunes, 7 de enero de 2008

Una larga paciencia

En el aeropuerto, poco antes de viajar hacia la hermosa ciudad de Maastricht, y de allí a Colonia, leo (en Vivir (bien) con menos, publicado por Icaria) el siguiente razonamiento de Jorge Riechmann: "Mejorar la calidad de vida, avanzar hacia la sostenibilidad, requiere no solamente hacer (cosas, obras, grandes proezas tecnológicas, etc.), sino también no hacer, dejar de hacer. Esto plantea un problema en primera instancia a tecnólogos e ingenieros; y más allá de ellos a toda nuestra cultura occidental, tan presa del hacer". Inmediatamente subrayo la cita y apunto al margen: "Sarkozy/Chávez vs. Zapatero", pues los dos primeros simbolizan perfectamente, en mi opinión, esa propensión tan actual a la realización a toda costa frente al Presidente español, más dado a reflexionar antes de actuar, por lo que se le ha criticado bastantes veces como si dedicar tiempo a pensar fuese estigma inequívoco de débiles. (Un detalle entre paréntesis: antes de acabar el pasado año se celebró una cumbre franco-italo-española a cuyo final comparecieron juntos los máximos gobernantes de cada país; Prodi, en el centro, ofreció las manos a sus colegas; el francés atenazó con las suyas la derecha o izquierda, no lo recuerdo, del italiano y comenzó a agitarla, mientras Zapatero tomaba la izquierda o derecha de Prodi y, simplemente, la sostenía.)

La tumba de los Reyes Magos
Tras recorrer Maastricht y dedicar unas horas a Aquisgrán, llegamos a Colonia. Nada más abandonar la estación aparece ante nosotros la gigantesca catedral, el monumento, aseguran, más visitado de Alemania. Con sus 157 metros de altura, fue el edificio más alto del mundo hasta la culminación de la catedral de Ulm (también en Alemania) en 1890, con 161,5 metros, y la posterior construcción de la Torre Eiffel. He estado varias veces a los pies de la francesa, pero jamás me ha impresionado tanto como esta mole que, ahora, se levanta ante mí guardando, según la tradición católica, los restos de los tres Reyes Magos.

La Kölner Dom es la mayor catedral alemana y la gótica de mayores dimensiones del mundo. Su construcción comenzó en 1248 y finalizó en 1880: 632 años de trabajo que inspiraron, incluso, una novela, Las sombras de la Catedral, de Frank Schätzing. Tuvo que remontar dos graves crisis: la primera, en 1510, cuando se interrumpió su levantamiento por problemas económicos; posteriormente, durante la II Guerra Mundial, debido a los bombardeos de los aliados, imagen desoladora que puede adquirirse en los puestos de postales de los alrededores.

Desde aquí abajo, mientras alzo la mirada, vuelvo a recordar el texto de Riechmann que unos días antes había subrayado en el aeropuerto: "la cultura occidental, tran presa del hacer...". Más aún, del hacer a toda prisa, crear para destruir de inmediato, leña que avive el incendio desquiciado del consumismo. Este decadente pero bello edificio que se levanta ante mí, obligándome casi a romperme el cuello si quiero avistar su cúspide, habla, consideraciones religiosas (que no profeso) al margen, del trabajo concienzudo, pensado, hecho para perdurar. Más de seis siglos que culminan en una obra artística emocionante, frente a ese vértigo de nuestro presente que convoca el origen y la muerte casi a un tiempo.

"El talento es una larga paciencia", escribió Flaubert.

viernes, 17 de agosto de 2007

Una iglesia como una caja de cerillas

Bajas del tren, sales de la estación, paseas en línea recta diez-quince minutos... y te das de bruces contra la Torre Pendente de Pisa.

El espectáculo que ofrece el Campo dei Miracoli es colosal, ya lo ha dicho todo el mundo. Recomiendo atravesar la Piazza del Duomo rumbo Vía Pisano y, antes de abandonar el recinto, girarse lentamente; cuesta respirar ante tanta belleza: el Battistero en primer término, la Catedral detrás, al fondo la torre que lleva 800 años queriendo tumbarse.

Pero ya lo ha dicho todo el mundo, así que mejor no redundar.

Más que nada porque Pisa ofrece otras bellezas, eclipsadas por tanto milagro en apenas unos metros cuadrados. Al poco de abandonar la estación, por ejemplo, sale al paso el Arno, río que tiene así mismo el privilegio de visitar Florencia, de deslizarse bajo el Ponte Vecchio. Quizá no resulte tan efectista como la que aguarda unos metros adelante, pero la visión de los lungarni (orillas) que acompañan el cauce merece una detenida ojeada: Pacinotti, Simonelli, Sonnino, Gambacorti... Hay que tomar este último, a la izquierda del Palazzo homónimo, y caminar hasta Santa Maria della Spina, una iglesia del tamaño de una caja de cerillas, más o menos, construida en el XIV con el dinero de un mercader que poseía (dicen) una de las espinas de la corona de Jesucristo, de ahí el nombre. El Ponte Solferino es el mirador ideal para contemplar esta iglesita en su contexto, una de las imágenes más hermosas de una ciudad que ofrece milagros de distintas dimensiones a quien la visita.

jueves, 12 de abril de 2007

Día de lluvia en Collioure

Sobre la tumba de Antonio Machado, en Collioure, alguien ha colocado un renglón de piedrecitas en el que puede leerse "Estos días azules y este sol de la infancia", el último verso del poeta. A nosotros nos ha hecho un día gris muy lluvioso desde que salimos de Figueres, y así ha continuado en Portbou, en Collioure, en Perpiñán.

Hemos llegado a Collioure para mostrar nuestro afecto por Machado y por aquella España violeta que pudo convertirse en un país mejor a comienzos de los años 30 del siglo pasado. Pero la Santa Inquisición no podía consentir que los súbditos salieran del oscurantismo en el que ella hace su agosto. El golpe de Estado de Franco, regado con agua bendita, reubicó al país en el subdesarrollo, que es donde el dinero, las pistolas y la superstición se hacen fuertes.

Collioure es un lugar hermoso, a orillas del mar, nada que ver con la imagen triste que yo me hice de niño, cuando me hablaban de la guerra, el exilio, la muerte de Machado. Su cercanía con la frontera española no quita para que tenga todo el aspecto de un pueblo francés. Las calles de los restaurantes huelen a crêpes sabrosísimos y la mayor parte de los menús incluyen moules et frites, una delicia. Hoy no hace día para turismo, casi diluvia, pero nos cruzamos con paisanos del otro lado de Le Perthus que luego volveremos a encontrar ante la tumba del poeta y de Ana Ruiz, su madre.

Hacía años que queríamos venir y nos da rabia que el tiempo nos haya estropeado un poco la visita; sin embargo, ha valido la pena el pequeño homenaje al hombre bueno que, "ligero de equipaje", partió de aquí rumbo a la travesía más larga. Nos quedan otros muchos lugares comunes que conocer, pero mejor no descartar el regreso, algún día, a este rincón precioso del Mediterráneo donde siempre habrá un recuerdo de "lo mejor de España", como diría Aub.

viernes, 30 de marzo de 2007

La memoria violeta

Hoy hace 68 años, los mercenarios italianos de la división Littorio, al mando del general Gambara, ocuparon la ciudad donde yo nací 27 años más tarde.

Los fascistas cercaron los accesos al puerto, en el que los últimos republicanos libres, que habían llegado a millares con la esperanza de embarcar hacia el exilio, quedaron atrapados. Unidades navales nacionales, apoyadas por los regímenes de Hitler y Mussolini, habían cerrado la bahía de Alicante para impedir la entrada y salida de barcos. Los civiles y militares republicanos allí refugiados se vieron obligados a entregar sus armas a los italianos al servicio de los franquistas sublevados contra el Gobierno legítimo de la República. Era el fin de la Guerra Civil española.

Durante los dos días siguientes, aquellos vencidos fueron conducidos al Campo de los Almendros. Max Aub dedicó un libro a aquel lugar por el que yo jugué de niño ajeno a la Historia. "Deshechos, maltrechos, furiosos -los describía Aub-, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sucios, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son sin embargo, no lo olvides, hijo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España".

En recuerdo de aquellas mujeres, de aquellos hombres, de aquellos niños y ancianos, la Comisión Cívica para la Recuperación de la Memoria Histórica de Alicante ha convocado una marcha que el domingo, 1 de abril, a las 11h, partirá del puerto de Alicante y llegará al Campo de Almendros. Una vez más pediremos al Consejo del Puerto y al Ayuntamiento de Alicante autorización para erigir, por suscripción popular, una escultura de Eusebio Sempere en el puerto y un memorial en el Campo de los Almendros para honrar a aquellas personas que lucharon por la democracia. Es posible que, una vez más, no nos hagan caso.

Es curioso: el mismo ayuntamiento que continúa considerando a Franco ciudadano de honor o alguna vergüenza similar desprecia con su silencio a quienes sufrieron la brutalidad de aquel tirano.

Es indignantemente curioso.

martes, 27 de marzo de 2007

La biblioteca hundida

En la Bebelplatz de Berlín, enfrente de la Humboldt-Universität, se encuentra la Versunkene Bibliothek, la Biblioteca Hundida (en la foto), un monumento del artista israelí Micha Ullman que recuerda, desde 1995, la gran quema de libros ordenada por Goebbels en 1933: más de 20.000 volúmenes escritos por autores judíos, pacifistas y antifascistas ardieron en la plaza que colinda con la Biblioteca Real y la Ópera Nacional. El brutal suceso se encuentra magníficamente relatado en Historia universal de la destrucción de libros: de las tablillas sumerias a la guerra de Irak, de Fernando Báez.


Si visitáis Berlín, una ciudad más interesante que hermosa, pero en cualquier caso imprescindible, no dudéis en visitar esta biblioteca vacía al tiempo que repleta de enseñanza.

 
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